Después te das cuenta de que estas enamorada, hasta las trancas. Te das cuenta de que estás metida hasta el cuello en una piscina de amor y que o sales y saltas desde el trampolín para comprobar que hay agua o sigues nadando.
Nadas, pero te cansas.
Quieres saltar, pero sabes que no hay el agua suficiente como para amortiguar el golpe y la hostia contra el suelo puede ser tremenda.
Entonces decides seguir ahí, estancada, en algo que no te va a llevar a más.
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