Esta vez el adiós no se puede disfrazar de un hasta luego; es más, ni siquiera te dio tiempo a decir adiós.
Sabías que quedaba poco tiempo, pero no que fuera tan escaso.
El tiempo es nuestro enemigo, es tan odioso como un despertador; al fin y al cabo tienen una función parecida: uno nos despierta de los sueños que tenemos en vida y el otro de la vida que también es sueño aunque a veces se disfrace de pesadilla. Sin embargo, los despertadores se paran y el tiempo, por desgracia, no. Un día llega nuestro momento y todo a nuestro alrededor se desvanece. Y nos sentimos culpables, de desaparecer sin despedidas y convertir los ojos en vidrio de nuestros seres más queridos.
Sólo esperamos que sean fuertes y superen todo esto lo más pronto posible porque el tiempo sigue corriendo; y así de rápido pasan los trenes (y con ellos las oportunidades) y quien sabe, quizá en uno de ellos esté la de ser feliz.