lunes, 29 de diciembre de 2014

Mariposas y otros gusanos.

Puede que las mariposas de mi estómago sigan siendo gusanos de seda 
o quizá murieron en estado de larva de una de esas hostias que nos da la vida. 
El caso es que todavía no he sentido el revolotear de sus alas al mirar los ojos de nadie ni han subido hasta mi corazón para hacerlo latir más fuerte. 
Otra opción es que no tenga corazón, simplemente una bomba que eyecta y recibe sangre (y quizá sea esta opción la que más me asuste). 
A lo mejor, en uno de esos momentos que nunca queremos recordar, desapareció; hizo lo que solemos hacer: huir. Decidió marcharse para no volver, aunque eso significara morir.
La última respuesta que se me ocurre es que el corazón haya creado una muralla a su alrededor y que esas mariposas peón hayan quedado encerradas dentro. Esto explicaría que algunos sentimientos, al llegar a la dura roca, hagan vibrar a los gusanos alados y llegar a sentir levemente, pero que nunca nada ni nadie haya sido capaz de romper esa barrera y hacer que vuelva a confiar en la existencia de ese amor del que todos hablan, pero del cual muy pocos saben. 
Llegar a sentir una punzadita en el órgano vital. 
Algo o alguien que me demuestre que estoy viva, que puedo sentir con todo mi corazón, aunque pueda doler. 
Al fin y al cabo, el amor que no duele mata y me da igual morir de aquella manera. 
Pero el amor es algo más que unas mariposas revoloteando en el estómago (¿Qué irónico no? Yo hablando de amor). 
El amor es verbo: amar, confiar, besar, abrazar, mirar, oler, escuchar, hacer el amor, o la guerra, pues como en el amor todo vale y siempre después llegará la calma, que no la paz. 
El amor es amor y no hay mejor manera para definirlo. 
Seguiría hablando de amor, pero si lo hago copiaría el título a Escandar Algeet y escribiría "Alas de mar y p(r)osa".

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